Entonces, repentinamente, en el bar, en la fiesta, en la playa, en la fila del banco – no importa -, las miradas se cruzan. Primero una ansiedad, un calor en el pecho, que rápidamente se extiende en escalofríos que tratamos de ocultar. Las manos sudan un poco.

En el primer encuentro, los labios se resecan levemente antes del primer beso, las palabras tiemblan perturbadas por pensamientos confusos. Las rodillas apenas nos sostienen. Nos olvidamos del mundo que nos rodea en eternas horas de silenciosa nostalgia al lado del teléfono, perfumadas por esa inquietud propia de los amantes.

¿Quién no ha sentido algo parecido? Pues los científicos – ¡siempre ellos! – quieren convencernos que toda esa áurea seductora de misterio que involucra los temas del corazón no supera media docena de manifestaciones anatómicas y ecuaciones bioquímicas. ¿Hasta dónde la ciencia puede realmente traducir en números y estadísticas aquello que para muchos de nosotros es la verdadera esencia del cielo en la Tierra: el amor?

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